El voto desde la racionalidad

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El voto desde la racionalidad

La oposición política, para existir fuera del plano nominal, debe ser capaz de influenciar el proceso de la toma de decisión pública. Esto quiere decir que su función como fuerza política REAL debe ser orientada a la agrupación de los elementos necesarios para crear los contrapesos que obliguen al partido oficial a abrir los canales de negociación, tomando en cuenta los intereses de las partes. De no cumplir con este sencillo requisito, la presencia de una oposición sería simplemente ornamental y serviría, como en el caso de la MUD en Venezuela, de instrumento para la legitimación de un sistema de partido único que, valiéndose de las instituciones democráticas -cual enfermedad autoinmune- las emplea para contrarrestar el propio modelo democrático.

Por: Filipp Rodríguez Loginova

@filipprl

Una condición semejante significa la ruptura en la conexión entre un partido o coalición y su electorado. Y sin posibilidad alguna de reciprocidad, el voto no sólo es un acto infructuoso, sino a lo sumo dañino, pues representa un cheque en blanco para una oposición sin capacidad de acción, así como un reconocimiento a las reglas del juego fabricadas por un régimen ilegalmente instaurado. De manera análoga, el voto, no sólo debe ser una expresión de la voluntad política del ciudadano, sino también una garantía inexpugnable del cumplimiento de cualquier promesa electoral. Esto tampoco ha sucedido en Venezuela, y tanto la unidad política MUD como la coalición oficialista PSUV-GPP han alimentado la crisis de representación haciendo creer a la nación que no existen otras alternativas.

El dilema convenientemente fabricado en las filas de la MUD insiste en que la abstención entrega los espacios políticos al oficialismo y enfatiza que la participación electoral debe ser un imperativo en la lucha por la democracia, pero se ha demostrado hasta el cansancio que las reglas del juego democrático no aplican al oficialismo, el que, pese a cualquier resultado electoral, este siempre ha obrado de forma arbitraria. De acuerdo con esto, es técnicamente imposible que el voto se convierta en una expresión de derecho en un país en donde las instituciones se hallan secuestradas.

La manipulación a la que la MUD ha sometido a la ciudadanía es igualmente un acto de pillaje. A falta de su capacidad para llevar a cabo las tareas electoralmente encomendadas, las cuales, -a diferencia del voto que no es obligatorio- SÍ SON UNA OBLIGACIÓN INEXCUSABLE, pretenden picar adelante y culpar de su anticipado fracaso a los ciudadanos desencantados que buscan alternativas REALES para salir de la dictadura. Este fracaso puede que no se refleje en las urnas, pero sí en la ejecución de la función pública, (como ya es costumbre), pues ante la inminente y definitiva centralización de la gestión pública, las autoridades políticas regionales y locales pasarán a ser filiales simbólicas del gobierno central con sede en La Habana.

Según ello, una eventual victoria electoral sería un cascaron vacío, puesto que, en el camino sin retorno hacia la ANC, la más mínima insubordinación de cualquier gobierno regional al ejecutivo significaría motivo suficiente para intervenir, destituir y nombrar nuevas autoridades. ¿Es este un fenómeno nuevo en Venezuela? No lo es. De acuerdo a este escenario, la nación estaría eligiendo el próximo domingo a los títeres del régimen quienes han demostrado tener más fibra de sumisos que de presos políticos (o de activistas en la clandestinidad o el exilio).

 

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