¡Apuéstele al burro!

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Cuando creí tener más o menos claro por dónde irían los tiros de este domingo y exclamé ¡por fin!, vino a mi memoria un aserto de Maruja Torres, admirada escritora y periodista de origen hispano –iba a precisar catalán, pero en estos días de chauvinismo secesionista es aconsejable ser prudentes con la nacionalidad–, según el cual «un columnista que no ha empezado aún a quejarse en el segundo párrafo no duerme bien por las noches», de modo que ya puede barruntar el lector por qué los ayes de medianoche aquí pergeñados con intención expresa de lamentar la zoomanía que mantiene en vilo permanente a millares, si no millones, de compatriotas –cada vez más menesterosos–, asaeteados por privaciones de toda índole que prueban suerte en la lotería de animalitos, versión bestial, ilustrada y para analfabetos de la ruleta de Pascal que, con el añadido del cero y el doble cero (ballena y delfín), potencian las ganancias de las mafias que controlan la jugada.

«Los animales saben cosas que nosotros no sabemos» se lee en un curioso libro escrito a 4 manos por 2 juanes (El pequeño gran libro de la ignorancia [animal], John Mitchinson y John Lloyd, 2007); conscientes acaso de nuestra ignorancia, esas criaturas de Dios, consentidas por san Francisco, se embarcaron en una lúdica arca de Noé que, probablemente, zarpó de algún puerto del Brasil con la enseña Jogo do Bicho y atracó en el oriente del país para extenderse por todo el territorio nacional. Con ánimo de desentrañar sus arcanos conocimientos, el hombre, que ha imitado sus habilidades con denuedo –no siempre merecedor de encomio–, a fin de agudizar o recuperar sentidos atrofiados o perdidos, mantiene diversos tipos de relación con esos seres. Los domestica, mima, y exhibe; los caza por deporte y los sacrifica en ritos expiatorios y ceremonias paganas. Los beneficia para manducarlos y hasta los educa para que le entretengan en el circo, el hipódromo, el ruedo o la gallera. El venezolano, humano en demasía, no es ajeno a tal proceder; sin embargo, habría que concederle que, sin muchos aspavientos, termina identificándose con ellos. De allí que el recordado Aquiles Nazoa, a propósito de la animalización de los caraqueños, versificara: «Porque leyó en su tierra que Caracas/ era prolija en fieros animales/ una ametralladora en la maleta/ de Trípoli se trajo un inmigrante». Y para ejemplificar lo afirmado en esa cuarteta, escribió: «Regálame una locha, mi caballo/ La mujer de Mengano es una zorra/ Y él un pájaro bravo/ Anoche fui al cine con el Mono/ Con el Chivo Capote y con el Gato».

La poesía, que rima con lotería, es aquí recurso para ennoblecer la ordinariez del tema. Y de un poeta, que además fue grande de la prosa, nos valemos para continuar navegando en el océano de la casualidad: Jorge Luis Borges. Refiere el invidente y genial fabulador argentino que los sorteos iniciales de la lotería de Babilonia eran venales y fracasaron porque «Su virtud moral era nula. No se dirigían a todas las facultades del hombre: únicamente a su esperanza». Las loterías, animales o vegetales (que también las hay) basan su éxito, precisamente en esa carencia de valor ético, pues a la fe y expectativas del apostador apuntan, con la anuencia o vista gorda de autoridades engrasadas ad hoc, sus ilusorias promesas de enriquecimiento súbito. En una nación saqueada y empobrecida por la acción depredadora de una revolución que privilegia el peculado y estimula la corrupción, resulta hasta natural que la población se contagie con esa fiebre del oro virtual y contingente que ha resurgido con arrollador ímpetu, al punto de que cualquier diletante con veleidades de psiquiatra podría conjeturar que la nuestra es una sociedad pervertida, afectada por la zoofilia y la ludopatía.

Si quien repara en tal desviación conductual es uno de los intelectuales de la izquierda eurocentrista que nos visitan para engrosar con sus opiniones el guest book de la revolución, se leerá en este que las anomalías responden a un plan coordinado por la CIA, apoyado por Santos y Rajoy, y puesto en práctica por una oligarquía endógena enquistada en los partidos de la derecha reaccionaria. U otras zarandajas de la misma guisa que sirven para sustanciar los expedientes que, por traición a la patria, se abren ahora por docena para estigmatizar y condenar a quienes buscan devolver la dignidad a la República. Pero, no; el bestialismo vernáculo se reduce al chiste que hace víctima de esa parafilia a pastores y avicultores. Otra cosa es la adicción al juego. Esta, en el caso que es objeto de las divagaciones de hoy, se ha magnificado en virtud de la situación de indigencia generada por las estrecheces que agobian al común. Se apuesta por desesperación. Mas ya se sabe, y es norma de universal aceptación debida a la sabiduría popular, que «quien juega por necesidad, pierde por obligación». Y en tiempos anteriores a las tómbolas babilónicas se aseguraba que «quien juega para ganar no cesa de perder». En semejantes creencias basan sus estrategias los loteros franquiciados por el régimen para cautivar a los incautos y conducirlos a sus trampa-jaulas.

¿Cómo no aficionarse a los vaivenes de la fortuna en un a republica cuyo texto fundacional fue redactado por un congreso constituyente seleccionado mediante un kino? El azar bien administrado es, desde la epifanía cubana del predicador de dogmas enterrados por la historia, la palanca funcional de la política roja. Eso sí, apostando sobre seguro y cuando la ley de la ventaja lo aconseja. Ahora quiere, la camarilla gobernante, colocar nuevamente sus fichas en el tapete del diálogo con Rodríguez Zapatero oficiando de croupier. Desearían, Nicolás & Co., lanzar al aire una moneda que los favorezca salga cara o salga sello y conceda una palomita al adversario cuando caiga de canto y la rana eche pelos. ¿Timar al contendor? ¡Despreciarlo! Y el desprecio, señalaba Camus, «si interviene en política, prepara o instaura el fascismo». Para la narcodictadura militar y socialista es un modo de cantar bingo. No pierde una, y en sus salas situacionales, fulleros y tahúres marcan las cartas y cargan los dados del casino electoral, al tiempo que urden las estafas prostituyentes y procuran que la gente se dedique, freudianamente, a interpretar sus sueños para tentar el acaso en los ocho sorteos diarios de la zoolotería. Si usted, amigo lector, sueña con la MUD, juéguele al cangrejo, que camina en retroceso, y si lo hace con Maduro, ¡apuéstele al burro!, que, si no gana, a lo mejor empata.

 

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EL NACIONAL

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