Sobreviviendo a un ejército de ocupación

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Reveló, por ejemplo, la enorme inseguridad que sentía de saber que “sus votos” eran el producto de la última voluntad del dueño del patrimonio electoral de su partido. Necesitaba, por tanto, mostrar un perfil con mérito propio, y nada más oportuno para ello que venderse como genuino miembro del explotado eslabón de la cadena productiva del capitalismo.

La otra revelación estribaba en el hecho de que, al ser proclamado con un margen tan estrecho (apenas 3 puntos por encima de su contrincante, Henrique Capriles, quien había perdido contra Chávez unos pocos meses antes con una diferencia de 15 puntos), su mandato nacía con un frágil piso político, lo que hizo entrar en pánico a quienes, si algo necesitaban, era estabilidad, tras la muerte del portaaviones que les garantizó casi quince años de prosperidad en sus asuntos. Subrayar lo del “primer” pretendía una especie de poco creíble -dadas las circunstancias- “tengo todo bajo control”.

Cada uno de los días sucedidos desde entonces, han demostrado lo contrario. Su gran tragedia ha sido saberse superado por la encomienda que el difunto líder le encargó. Y entender que el lenguaje no es tan poderoso como para domeñar a la realidad: ni era obrero ni sería el primero de una próspera dinastía del partido de gobierno en el poder. No, por la vía electoral, luego de haber dilapidado más del 70% de los votos heredados.

Las protestas con las que se estrenó, en abril de 2013, dejaron un saldo de 7 muertos, 61 heridos y 135 detenidos. De ese debut quedaron testimonios tan atroces como detenidos obligados a gritar consignas, arrodillados, a favor de Maduro. Y no se trataría de un arranque en falso. Ese horror se fue incrementando en tanto lo hacía la certeza, en la población chavista, de que el ungido no estaba preparado para el encargo.

Como una capa de hielo, su piso político se adelgaza en tanto se acerca el fin del invierno. Y esa es una de las causas que explican por qué durante su accidentado mandato la represión ha crecido de forma exponencial. De hecho, el mismo día que el CNE lo dio por ganador, los venezolanos conocerían el nivel del protagonismo de la Guardia Nacional en los asuntos del país, y la relación del poder, no ya con la oposición, sino contra cualquier forma de discrepancia.

Desde aquellos días de abril de 2013, hemos asistido a las más diversas maromas del “primer presidente chavista” para mantenerse en el poder, el cual ha debido apelar, con preocupante frecuencia, a la capacidad disuasiva de las botas y los fusiles para atravesar el accidentado camino que debería conducirlo a entregar el testigo, allá en diciembre de 2018.

La Historia es afecta a las paradojas. El sucesor civil de aquel militar que, al no conseguir el poder con las armas debió apelar a los votos para alcanzarlo, ha renunciado a los votos para, usando las armas, mantenerse en el poder.

Las protestas con las que se estrenó, en abril de 2013, dejaron un saldo de 7 muertos, 61 heridos y 135 detenidos. De ese debut quedaron testimonios tan atroces como detenidos obligados a gritar consignas, arrodillados, a favor de Maduro. Y no se trataría de un arranque en falso. Ese horror se fue incrementando en tanto lo hacía la certeza, en la población chavista, de que el ungido no estaba preparado para el encargo.

En tanto lo hostigaban sus propios fantasmas, la reacción siempre terminaba por apelar al tranquilizante (para él) verde oliva. Dejar a la Guardia Nacional solucionar “a su manera” fue la forma de mantener un encargo cuyo resultado lucía incierto desde el primer día.

El “presidente obrero” se mostraba cada vez más intemperante, más autoritario, más reactivo a la opinión contraria, más implacable con la protesta. Completando la fórmula de la tragedia que se dibujaba, sus políticas económicas solo producían más inflación, más desabastecimiento, mayores controles, más corrupción y, por supuesto, mayor deterioro en la calidad de vida.

Es decir, mientras más motivos para la protesta, más crueldad se empleaba en apagarla. Esta lacónica sentencia, que no dice toda la tragedia que ha ocasionado, podría resumir estos años que fueron anunciados como el inicio de una larga relación del poder con la gente.

No en balde San Agustín expresó con iluminada sabiduría, que “la soberbia no es grandeza sino hinchazón; y lo que está hinchado parece grande pero no está sano.” Los sueños de grandeza del presidente obrero, en efecto, devinieron en hinchada pesadilla para la nación. Su ensoñación era, en realidad, el delirio de una fiebre que pronto mostraría, en hambre y muerte, sus salvajes consecuencias.

Las paredes derrumbadas

En el escalofriante thriller Shutter island (Martin Scorsese, 2010), hay un personaje que desarrolla un discurso en torno a la violencia y los límites que la cercan. El ser humano, dice, es naturalmente violento y solo las restricciones morales refrenan ese apetito por entregarse a la aniquilación. “Si se levantan las restricciones de la sociedad, y yo soy todo lo que se interpone entre tú y una comida, me romperías el cráneo con una roca y comerías mis partes carnudas”, le asevera a Teddy Daniels, el protagonista de la historia. “Si te hundiera los dientes en el ojo en este momento, ¿me detendrías antes de que te deje ciego?”, le pregunta al final de su disertación.

Y ese es el preocupante meollo. A fin de poder establecerse en sociedad, el ser humano ha debido imponer una sólida barrera para contener sus apetitos. Una vez traspasada esa barrera, ¿quién recoge las aguas? ¿Quién contiene el apetito destructor de hombres armados por la nación para la protección de toda la ciudadanía? ¿Quién los devuelve al cauce de la civilidad?

Un estudio llevado a cabo por el ejército de Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial determinó que, aun siendo atacados, menos de 20% de los soldados disparaban directo al cuerpo de los enemigos. La arraigada herencia biológica que permitió el establecimiento de las sociedades operaba en los soldados con tal firmeza que la repugnancia a matar era más fuerte, incluso, que el miedo a morir.

Todo ese terremoto político que supuso el chavismo, toda esa construcción de una base política que le diera legitimidad, se encontró frente a una encrucijada: efectuar una sensata retirada o entregarse a la locura

Para mejorar esos números, el ejército implementó entrenamientos que obligaban a los reclutas a disparar sobre dianas anatómicamente verosímiles, lo que provocó que se insensibilizaran con respecto a la acción de matar hasta convertirla en un gesto automático. El asunto fue dando sus frutos, afinando de forma progresiva la maquinaria: en la guerra de Corea ya 55 % de los soldados de infantería daban en el blanco, y en Vietnam esa proporción aumentó a casi 90 %.

Es decir que, con la práctica adecuada, ese impedimento moral de asesinar a su propia especie va disminuyendo hasta hacerlo desaparecer definitivamente.

Qué son, después de todo, las llamadas Operaciones de Liberación del Pueblo (OLP), sino campos de entrenamiento, a lo Counter Strike (un famoso videjojuego), pero en condiciones reales. Con cada nueva incursión se fue escalando el horror, hasta mover el marco de referencia de lo que está bien y lo que está mal, insensibilizando al funcionario, y a la opinión pública, al punto de que ya nada activa los resortes morales de una ciudadanía sometida a un constante bombardeo de impunidad por parte del Estado.

Por eso, los asesinatos de Fabián Urbina (17 años), a manos de un efectivo de la Guardia Nacional que accionó una pistola contra los manifestantes en la autopista Francisco Fajardo, el pasado 19 de junio; y de David Vallenilla (22 años), asesinado a quemarropa tres días después por un efectivo militar que se encontraba dentro de la base aérea La Carlota, no pueden ser considerados hechos aislados. Se trató de una espiral que se echó a andar cuando los guardias comenzaron a disparar las bombas lacrimógenas contra los cuerpos de los manifestantes, primero, y luego municiones “aliñadas” con metras, tuercas y otros objetos, después; hasta llegar al uso de armas de fuego contra ellos.

Estos hechos no necesariamente demuestran que se trata de un patrón. Pero sí que los miembros del aparato represivo: a) fueron perdiendo los escrúpulos, y b) sentían que gozaban de impunidad.

Y es sabido que si un policía mata y no hay castigo, la calle pierde un policía y gana un asesino. Como en la teoría de las ventanas rotas, la ausencia de una condena clara incrementa la crueldad y la alevosía. Un hecho conduce a otro, y este a otro, y así. El problema ya no es de impunidad y desinstitucionalización del Estado. Es decir, sí, pero hay otro más grave: quienes reprimen a los ciudadanos que protestan por libertad o por comida, cada vez tienen menos pruritos a la hora de irrespetar sus derechos humanos. Dicho en forma llana: le cogen el gusto a matar.

A diferencia de sus más importantes aliados en la región (Argentina, Brasil, Ecuador, Uruguay, Perú), que entregaron el poder para mantenerse políticamente vivos, al renunciar a los límites, el chavismo renunció a su viabilidad política, convirtiéndose en un ejército de ocupación para su propia nación.

Ahí se pone de manifiesto el asunto de los límites.

Si en 2013 las protestas dejaron un saldo de 7 muertos, las que se iniciaron en febrero de 2014 incrementaron esa cifra a 43 fallecidos, y las de 2017 dieron un salto significativo, dejando en cuatro meses más de 120 asesinatos. “Quisiera tener un puñal de acero, para degollar a un maldito guarimbero”, cantaban durante sus entrenamientos unos guardias, según un video que circuló por las redes sociales. No había que ser paranoico para entender que lo que comenzó como lenguaje intemperante (llamar “terroristas” a los ciudadanos que protestaban), terminaría por convertirse en desprecio a la vida ajena. La única distinción con respecto a los entrenamientos del ejército gringo para incrementar su efectividad, es que aquellos se enfrentaban a enemigos que también estaban armados.

Las denuncias de los abusos y crímenes cometidos por los cuerpos policiales durante los procedimientos de la OLP fueron suficientemente difundidos por las redes sociales. Nadie (fuera de las víctimas directas) se quejó en su momento. Un viejo prejuicio atenuó la dimensión del horror, dando por descontado que, al ocurrir en barriadas, se trataba de delincuentes.

Recientemente, el pasado domingo 27 de agosto, Elizabeth de Caires de Abreu (50 años) jugaba dominó con un grupo de vecinos en la platabanda de una casa comunal en Gramoven, un barrio al oeste de Caracas, cuando vio a unos policías intentando extorsionar a un vendedor ambulante conocido de la zona. La mujer les gritó que lo dejaran tranquilo y uno de los policías disparó al aire. Indignada ante ese hecho tan irresponsable, debido a que había niños jugando en la zona, la mujer volvió a reclamarle, esta vez de forma más airada. El funcionario volvió a levantar su arma y, tras apuntar, disparó fríamente, dándole en el rostro, tras lo cual la mujer se desplomó, muriendo camino al hospital.

Si la opinión pública hubiera reaccionado con firmeza ante los abusos de la OLP (si hubiera activado los límites morales en su momento), ¿se habrían dado allanamientos como los llevados a cabo contra las residencias conocidas como Los Verdes durante las protestas? ¿El crimen de la líder comunitaria de Catia hubiese tenido lugar si no viniésemos de cuatro meses en los que los policías cometieron toda clase de atropellos y crímenes contra los ciudadanos que participaron en las protestas?

Apetitos que cuesta volver a recoger

En su afán de reducir la resistencia, apelando al miedo, a policías y guardias se les revolvió su resentimiento hacia todo cuanto lucía sano. De hecho, parecen haber internalizado el derecho al ultraje y al crimen contra la población civil. Durante la represión de las protestas robaron a transeúntes, vejaron a menores de edad, amenazaron con violar a las muchachas detenidas, cometieron abusos de toda índole y golpearon salvajemente sin escrúpulos. Ninguna autoridad detuvo esas actuaciones. Luego de esas jornadas, ¿quién puede sentirse seguro al lado de un uniformado? ¿Cómo la población convive con un ejército de ocupación que parece odiarlo?

Ha sido un proceso constante, en el que una visión del ejercicio del poder ha ido abonando abuso tras abuso, subiendo en intensidad y en impunidad, al punto de que, cuando vinimos a darnos cuenta, se había normalizado toda clase de excesos y crímenes, sin que la sociedad tuviera capacidad para reaccionar ante la avalancha que iba tapando un hecho con otro. La pared de los límites se fue horadando hasta ser derrumbada, sin que la gente se diera cuenta.

La historia ha ofrecido muchos ejemplos de pesados engranajes echados a andar por modestos y casi inadvertidos botones. Todo ese terremoto político que supuso el chavismo, toda esa construcción de una base política que le diera legitimidad, se encontró frente a una encrucijada: efectuar una sensata retirada o entregarse a la locura. Volvemos al asunto de los límites: incapacitados de controlar sus propios apetitos, gobernados por sus humores, decidieron destruir el lento entramado que habían estado construyendo, para quemarse políticamente en la mitad del tiempo que duró el orden previo que vinieron a derrumbar.

No ha completado un período electoral, cuando el primer presidente chavista acudió a una junta de facto para amarrar el poder. Apeló a las balas cuando vio desaparecer los votos.

A diferencia de sus más importantes aliados en la región (Argentina, Brasil, Ecuador, Uruguay, Perú), que entregaron el poder para mantenerse políticamente vivos, al renunciar a los límites, el chavismo renunció a su viabilidad política, convirtiéndose en un ejército de ocupación para su propia nación.

¿Cuánto tardará en devorarse a sí mismo un poder desbordado por sus propios apetitos? Lo único que se puede afirmar con toda seguridad, es que perdieron la capacidad de reencontrarse con el electorado y de comunicarse con la sociedad. Y que sus excesos adquirieron tal nivel que quedaron expuestos ante el mundo.

Antes de estas declaraciones de al Hussein, un informe de su oficina había alertado que el uso generalizado y sistemático de fuerza excesiva durante las manifestaciones y la detención arbitraria de manifestantes y presuntos opositores políticos denotaba “que no se trata simplemente de actos ilegales o insubordinados de funcionarios aislados”.

Esa afirmación encierra el meollo del asunto. Al menos, el visible. En el subtexto late la preocupación de que ciertos apetitos, una vez desatados, cuesta volverlos a recoger.

Cuando las condiciones sean propicias, tocará revivir las mejores experiencias de organización y actuación de policías municipales, para fomentar una sana relación entre la ciudadanía y sus cuerpos policiales. Por lo pronto, y hasta nuevo aviso, los venezolanos vivimos como bajo la ocupación de un ejército enemigo.

 

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