Orfandad opositora (I) de Armando Durán

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Orfandad opositora (I) de Armando Durán

2013 y que finalmente rindió sus ricos frutos en diciembre de 2015 al hacer posible la aplastante derrota del chavismo.

La Venezuela democrática pudo celebrar esas navidades por todo lo alto. El régimen, por supuesto, entró en crisis. Creada para ganar elecciones y nada más, este magnífico desenlace de las elecciones parlamentarias justificaba a plenitud la razón de ser de la MUD.

Precisamente por eso sus promotores habían excluido de la alianza a las múltiples organizaciones de la sociedad civil, más que presentes en la desmantelada Coordinadora Democrática, pues estos grupos muy poco o nada aportaban al juego electoral.

En algunas ocasiones, incluso, lo obstaculizaban.

En ningún caso entendían la diferencia entre ser opositores, que es lo que hacen y deben hacer los partidos políticos sensatos, con experiencia, y ser disidentes, valga decir, dejarse llevar ciegamente por las pasiones para terminar siendo víctimas de una irracional falta de elasticidad, de “antipolítica”, enfermedad infantil incurable que debe ser erradicada para siempre del tablero político venezolano.

Las primeras señales graves de este conflicto entre opositores y disidentes se hicieron muy palpables en febrero de 2014, cuando Leopoldo López, Antonio Ledezma y María Corina Machado se solidarizaron con las protestas estudiantiles que habían estallado en la Universidad de los Andes.

A partir de ese momento crucial, las protestas agitaron al país durante muchas semanas. La sangre derramada a raudales por los cuerpos represivos del régimen y la participación de los otros, o sea, de los opositores, en un “diálogo” convocado por Maduro para solucionar en Miraflores la incipiente crisis por la vía civilizada de la política, en ese punto dejaron al descubierto que la unidad no era tal. También mostraron las irreductibles insuficiencias de la MUD para enfrentar una realidad política que no fuera electoral, aunque lo pareciera. Una verdad evidente desde la primera elección trucada por el régimen, la de 1999, para seleccionar a los diputados la Constituyente de entonces: con 65% de los votos, el llamado Polo Patriótico ocupó 121 de sus 131.

Esta circunstancia fue la causa de que al cabo de cuatro meses de impactantes movilizaciones de protesta popular, la crisis política de Venezuela desembocara sin contratiempo alguno en el monumental fraude electoral del 31 de julio y en la claudicación inmediata de los cuatro principales partidos de la MUD a la hora de inscribir candidatos para las elecciones regionales, la oportunidad que en realidad ellos anhelaban, así fueran una burda trampa cazabobos.

Tras negarse el régimen a convocar el referéndum revocatorio del mandato presidencial de Nicolás Maduro obligó a la MUD, aun en contra de sus convicciones más firmes, a asumir –tremendismo que produjo la extraordinaria Toma de Caracas. Pero también, enseguida, la instalación de una Mesa de Diálogo, continuación del ensayo muerto y enterrado en las arenas dominicanas de Punta Cana, como último recurso para evitar que la sociedad civil, el caos de los nuevos tiempos, desplazara a los partidos del control político de la oposición.

Este falso remanso de paz, sin embargo, duró muy poco, hasta que la burla del oficialismo hizo colapsar una vez más la opción del diálogo. Lamentablemente para el régimen y para la MUD, el TSJ dictó a finales de marzo aquellas dos sentencias infames e innecesarias que le arrebataban a la Asamblea Nacional las muy leves funciones que aún conservaba. A la MUD no le quedó entonces otro remedio que volver a encender la llama de la rebelión civil, aunque de nuevo aquella fuera una decisión no deseada en absoluto.

Los vientos de abril generaron a gran velocidad su propia dinámica y trajeron este auténtico huracán totalitario que nos amenaza a todos con la disolución de Venezuela como nación. Un peligro que, como veremos la próxima semana, deja a los ciudadanos más desamparados que nunca, en la peor de las orfandades, a merced de un régimen que los acosa sin piedad y de una oposición que para obligarlos a votar a toda costa, con el falso argumento de la unidad como chantaje, los arrincona, también sin piedad.

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