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Alberto Fujimori, entre la libertad y la prisión en Perú

4 octubre, 2018

Conocido como «El Chino», Fujimori tuvo una fulgurante carrera política y cultivó un estilo autoritario de la mano con su perfil de hombre frío, desconfiado, poco comunicativo y calculador.

Con racionalidad de un matemático y contención japonesa, a Alberto Fujimori no le tembló la mano durante su mandato para acabar con las guerrillas en Perú. Pero esa celebrada «victoria» también lo llevó a la cárcel, a la que ahora debe volver por decisión judicial.
Indultado en la víspera de Navidad de 2017 por el entonces presidente Pedro Pablo Kuczynski alegando razones humanitarias, el exmandatario Fujimori (1990-2000) volvió este miércoles al primer plano tras permanecer diez meses en libertad, luego que la Corte Suprema anulara el beneficio otorgado alegando irregularidades, informó AFP.
Este hijo de inmigrantes japoneses sigue marcando la pauta política en Perú tras pasar más de 12 años preso por crímenes de lesa humanidad cometidos en las matanzas de Barrios Altos (15 muertos, incluido un niño de 8 años) y de la universidad La Cantuta (10 muertos).
«Que la historia juzgue mis aciertos y mis errores», escribió el expresidente con motivo de cumplir 80 años el 28 de julio pasado, en un manuscrito de tono crepuscular, en el cual expresó además la convicción de haber sentado las bases de un país que terminará siendo «líder en América Latina».
«En los contados años que me quedan me dedicaré a tres objetivos: unir a mi familia, mejorar en lo que pueda mi salud y hacer un balance equilibrado y sereno de mi vida. Esos son mis tres principales metas al cumplir mi octava década de existencia», escribió.
Fujimori pasó los últimos 10 meses de de manera austera, retirado de la vida pública, viviendo solo en una casa alquilada del barrio acomodado de La Molina, al este de Lima, donde escribía las memorias sobre su gobierno, marcado por la corrupción y el plomo de la lucha contra las guerrillas y el terrorismo.
«No tenía marco legal»
Conocido como «El Chino», Fujimori tuvo una fulgurante carrera política. En noviembre de 2000, en medio de una creciente oposición al cabo de 10 años de gobierno, se marchó a Japón, la tierra de sus ancestros, y renunció por fax a la presidencia de Perú.
Había detentado un poder casi absoluto tras dar un «autogolpe» el 5 de abril de 1992, disolviendo el Congreso e interviniendo el Poder Judicial, apoyado en las fuerzas armadas y en una estrategia de su asesor de inteligencia, Vladimiro Montesinos, eminencia gris del régimen.
Con cuatro condenas judiciales por crímenes contra la humanidad y corrupción (la mayor de ellas a 25 años de cárcel) y con su salud debilitada, pasó 12 años preso hasta que recibió el indulto de Kuczynski.
Fujimori es un «héroe» para muchos peruanos y «villano» para otros.
«El gobierno de Fujimori fue el punto más bajo en toda la historia de Perú por la conducta del acusado y por hacer tabla rasa de cualquier tipo de reglas e institucionalidad y normatividad», opinó el sociólogo Eduardo Toche cuando fue condenado.
«Para él no existía ningún marco legal, el marco legal era el de su voluntad y la de sus amigos, nada más», dijo Toche.
Fujimori cultivó un estilo autoritario de la mano con su perfil de hombre frío, desconfiado, poco comunicativo y calculador. Gobernaba con un criterio de cofradía secreta, rodeado de un pequeño círculo de colaboradores.
«Primero se actúa, luego se informa», solía decir sobre sus principales decisiones.
Esa forma de gobernar sin contrapeso de otros poderes del Estado, con control sobre los medios de comunicación -principalmente de las grandes cadenas de televisión cuyos directivos fueron sobornados- abrió las puertas a la corrupción.
Su esposa, Susana Higuchi, se divorció de él en 1994 y lo acusó de haberla torturado, dañando su salud mental.
Liberó a rehenes de embajada japonesa
Fujimori aplicó un modelo económico neoliberal que le valió el apoyo de empresarios, las clases dirigentes y organismos financieros internacionales. Ello le permitió a Perú superar la crisis en la que había caído en el primer mandato de Alan García (1985-1990).
Sus seguidores destacan que también derrotó a la guerrilla maoísta Sendero Luminoso y al guevarista Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA), pero organismos de derechos humanos denunciaron matanzas de civiles inocentes en la lucha antisubversiva.
Uno de los episodios que le dio más rédito político fue el desenlace de la toma de rehenes en la residencia del embajador de Japón por la guerrilla del MRTA en noviembre de 1996.
Tras cuatro meses de toma guerrillera, 71 de los 72 rehenes fueron liberados (uno murió). Los 14 rebeldes fueron abatidos en un operativo militar que recibió elogios de muchos gobiernos y cuestionamientos de grupos de derechos humanos, que denunciaron que los guerrilleros fueron ejecutados.
Tras renunciar y establecerse en Japón, llegó sorpresivamente en 2005 a Chile, que lo extraditó a Perú, donde fue juzgado y condenado.

El Universal

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