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El ganador que no vota

12 mayo, 2018
El ganador que no vota de Alexander Cambero

El ganador que no vota de Alexander Cambero

Una buena parte del electorado parece decidido a cruzarse de brazos el 20 de mayo. Observarán la historia de la nación desde la comodidad de quedar inmovilizados frente al arrebato de una dictadura inescrupulosa. Son parte del 80% de venezolanos que rechaza al despótico régimen venezolano, como un devorador agente del futuro nacional.

Esa acción le podría conceder seis años más a Nicolás Maduro, para que siga tejiendo su tétrica historia en los estómagos vacíos de nuestros hambrientos; pulverizando vidas entre aquellos que mueren sin medicinas, victimas del mayor grado de desempleo e inflación que reconozcan las estadísticas universales. Años de mandato conferidos para que cunda el terror, siendo coadyuvante en la diáspora de nuestros jóvenes que huyen de la cruel realidad de su país convertido en cenizas.

Es tan corta la decisión y tan larga la penitencia, que inmovilizarse conlleva la responsabilidad de ser un cooperante de la dictadura; es tanto el odio que fermenta en sus almas que pueden terminar dándole la victoria al régimen que tanto rechazan. Es indiscutible que el cerebro no funciona con las neuronas tupidas de insensateces reflejadas como un espejo roto que no tiene capacidad de descubrir la realidad oculta. Quizás, sin comprenderlo del todo son el arma secreta que tiene la dictadura para perpetuarse en el poder. Para esta porción de la mayoría sus argumentaciones tienen un buen sustento. Le solicitan al gobierno condiciones igualitarias para participar. ¿Cuándo una dictadura las ha concedido? Las tiranías no son dadivosas hermanas de la caridad que reparten alimentos entre sonrisas. Los regímenes opresivos se desafían con la única arma que puede aniquilarlas: el voto ciudadano, independientemente de si el mismo está cercado por barrotes invisibles.

Es verdad que todo el proceso es un vía crucis de trampas dirigido por un CNE que es una vergüenza. Sin embargo, en condiciones peores se pudo vencer. Fueron derrotados por un aluvión de sufragios que fue un verdadero tsunami ciudadano. Las otras experiencias resultaron costosos fracasos que fortalecieron la dictadura. El paro petrolero de 2002 terminó siendo un bumerán para nuestras opciones cuando vimos regresar en la medianoche a Hugo Chávez transformado es una imagen invencible, que explotaron hasta la saciedad para volvernos polvo cósmico. Fue necesario recoger los pedazos de la unidad para comenzar la articulación de una oposición coherente. Todos estaban con Pedro Carmona, en Miraflores, en aquel oscuro episodio, pero ninguno de aquellos dirigentes de opereta tiene el valor de reconocerlo. Igual ocurrió en  2005, esgrimimos la misma posición de ahora: no fuimos a votar para deslegitimar al gobierno ante la comunidad internacional, y lograron una cómoda victoria.

Ese conglomerado de naciones y organismos internacionales terminó callando, mientras el régimen ejercía el poder con la mayor de las arbitrariedades. Nadie asumió las culpas, comenzaron a recriminarse ante la carcajada del adversario. Gracias a la unidad pudimos derrotarlos en 2007 con la reforma constitucional; se le asestó un duro golpe a la imagen del intergaláctico. La enorme epopeya de Henrique Capriles, quien desafiándolo todo logra ponerlos contra la pared y vencerlos. Allí simplemente faltó el valor para cobrarlo y en medio de la luz volvimos a la oscurana. En 2014 las protestas en algunos sitios terminaron siendo un monumental fracaso con más de cien asesinatos, presos políticos y un sinnúmero de perseguidos que terminaron consiguiendo la salida para el desconcierto. Murieron los hijos del pueblo que le pusieron el pecho a las balas; los líderes se declararon paladines de una gesta donde los sacrificados fueron a los que ilusionaron y dejaron solos. Pocos asumieron sus responsabilidades ante la historia.

En 2015, en condiciones peores que ahora el voto ciudadano los aplastó. Que la Asamblea Nacional no haya sido una trinchera de mayor reciedumbre no es culpa del sufragio. La vorágine nos arrastró el año pasado a un nuevo capítulo de protestas que terminaron con una buena cantidad de asesinatos, perseguidos y encarcelados. La rebelión popular concluyó colgándonos una monumental derrota que nadie asume. Es decir, que esa medicina es tan funesta que si la colocásemos en la balanza con el sufragio en condiciones desiguales, este le gana abrumadoramente: Nuestras dos grandes victorias las logró el sufragio, asimismo las mayores derrotas opositoras fueron los autogoles de la abstención y las protestas sin dirección. Ambas, crudas imitaciones de experiencias erróneas de regiones que no responden a la coyuntura nacional, esos costosísimos fracasos fueron inducidos por una dirigencia que después negó la llorosa criatura. En su frente guarda un rótulo que indica: sin padres conocidos. Nuestras grandes equivocaciones políticas nacieron huérfanas, carentes de valientes que asumieran la responsabilidad de habernos llevado hasta el error. Ahora esperan de manos cruzadas el desenlace del 20 de mayo. Como carecen de un plan apuestan por una llamada de Donald Trump para que autorice una escalada militar en suelo patrio. Otros desean la profundización de la crisis para que las embravecidas olas arrastren al gobierno hasta ahogarlo, sin comprender que la primera víctima del maremoto político será nuestro pueblo. Claro, ese sacrificio de los pobres no les duele a quienes huyeron de acá para vivir cómodamente instalados en lujosas residencias, con gastos pagos, los hijos en los mejores colegios europeos. Viajando a distintos lugares de confort como líderes internacionales de la resistencia venezolana. Desde allá hablan sin arriesgar nada: con el estómago y las cuentas atiborradas de todo aquello de lo que carecen los venezolanos, son los mismos episodios en los que las víctimas fueron los hijos del barrio, los que le pusieron el pecho a las balas para que ahora sean las historias que nutren los cuentos que esbozan los alegres viajeros. Veremos que terminará ocurriendo, si se cruzan de brazos seguiremos padeciendo esta maldición por seis años más. Cuando se arrepientan ya será demasiado tarde. Esa comunidad internacional buscará arreglar sus conflictos, quedaremos para la simple anécdota. Seguramente se volverán a esconder en sus contradicciones. La salida siempre estará en manos nuestras, coherencia y un nuevo liderazgo es un clamor en la patria…

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@alecambero

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