Los dos militares que pasaron hacia Colombia con las tanquetas: Si Maduro no quiere irse por las buenas, lo sacaremos

“No queremos una intervención militar extranjera, lo que queremos es que los venezolanos de las Fuerzas Armadas -Ejército, Armada, Aviación y Guardia Nacional- nos unamos para sacar a la cúpula”, afirma el sargento mayor de la Guardia Nacional, Edgar Torres. “En cualquier momento, en un tiempo no muy lejano, lo vamos a hacer. Por las buenas no se van. Ellos están decididos y nosotros, también”, añade su compañero, el también sargento Oscar Lizcano, publica El Mundo.

Por SALUD HERNÁNDEZ-MORA Cúcuta (Colombia)

 

 

Los dos militares que pasaron hacia Colombia con las tanquetas: Si Maduro no quiere irse por las buenas, lo sacaremos 1
Édgar Torres y Oscar Lizcano, sargentos de la Guardia Nacional Bolivariana. Foto: El Mundo.

 

 

 

Ambos protagonizaron la primera fuga y la más llamativa del 23 de febrero. Dos tanquetas volando hacia la frontera colombiana. La primera la conducía Torres, de 34 años y con 14 de servicio; Lizcano, de 30 y nueve en el Cuerpo, iba en la segunda con un teniente, que también se pasó a la orilla contraria. La intención era atravesar el Puente Simón Bolívar como fuera. Ambos relatan su fuga en una entrevista con EL MUNDO, en Cúcuta, el pasado domingo, cuando estaban acogidos por el Ejército colombiano.

“Salimos con destino a la frontera a romper el muro de funcionarios, de barricadas. Nos encontramos con Policía Nacional, abrieron el paso, pero en la mitad del puente había unos manifestantes (fieles a Guaidó) que pensaban que los íbamos a reprimir. Lamentablemente atropellé a una muchacha, me bajé corriendo a socorrerla“, relata con dificultad, aún se recupera de los golpes que recibió en la cara porque, al descender, se le abalanzaron los voluntarios que pretendían pasar las ayudas y le pegaron. “No grité nada, por la adrenalina, y nos venían persiguiendo compañeros venezolanos con armas y yo también tenía un arma. Son momentos decisivos y gracias a Dios no pasó nada”.

Lizcano apunta que “la intención era entregar la vida para que ingresara ayuda humanitaria, la necesitamos con urgencia porque allá no hay nada”. Él, soltero que vive con sus padres, optó por buscar el exilio por el hastío y la enfermedad de su padre. “Yo me uní a ellos (porque) ya basta con esa dictadura. Mi padre padece de un infarto, necesita tratamiento de por vida y ya no se consigue, tengo que cruzar la frontera para conseguirlo y el ingreso mensual de nosotros no alcanza. Tiene 67 años. Estoy necesitando los medicamentos urgente”.

Al sargento Torres le empujó un cúmulo de sentimientos familiares y frustraciones profesionales. Le humillaba la presencia de instructores cubanos, el que impartieran órdenes, y la politización de la Guardia. “Tomé la decisión porque de un tiempo corto hacia acá, los superiores, lamentablemente, nos están obligando a colocar imágenes en nuestros celulares (móviles) contra la invasión, en contra de la ayuda humanitaria, que si no era ayuda sino una guerra, un bloqueo. Sinceramente, nos obligaron a ser leales a un grupo de personas del régimen. Se hacen decir la patria, pero la patria no son ocho o diez personas, son el pueblo, son nuestras familias”, rememora con el mismo tono triste, cansado, que utiliza a lo largo de la entrevista.

Recuerda que la primera chispa la encendió la partida de sus hermanos hacia Colombia y otros países, como cientos de miles de emigrantes. Despedirles en el puente internacional Simón Bolívar le partió el alma. Comenzó a maquinar su huida y el sábado pasado “se me presentó la oportunidad. Lo planeamos con muy poco tiempo”. Tampoco hicieron contactos previos en Colombia. Se lanzaron sin red a lo desconocido.

Atrás dejó a su mujer y a su hija pequeña. Explica que mantuvo sus intenciones en secreto, sabía que ella se opondría por miedo a que le ocurriera algo en el intento o si le atrapaban. “Pero yo estaba decidido, me despedí de mi hija (se traga las lágrimas), de mi esposa no pude porque estaba en el trabajo. En Venezuela no hay futuro”, dice con voz queda. “Yo creo en Dios y yo sé que no le va a pasar nada malo”, que el chavismo no tomará represalias contra su mujer y el resto de parientes.

“No somos delincuentes”

“No somos terroristas, delincuentes, somos venezolanos que queremos un futuro mejor”, clama Torres, que asume la vocería por ser un Guardia de mayor antigüedad. “No aspiramos a riqueza, no aspiramos a popularidad ni a cargos políticos. Soy un Guardia Nacional constitucionalista y apolítico”.

Ambos están convencidos que de haberse topado con un pelotón de la Guardia Nacional en lugar de la Policía Nacional Bolivariana, “se vienen con nosotros”. Para ellos, “el 23 de febrero es una fecha muy importante porque es un renacer de la Guardia venezolana, es el antes y el después. El Gobierno no va a contar con la Guardia Nacional. Esto es, como dijo un compañero, como las fichas de dominó, irán cayendo guardias uno por uno”.

Lo único que frena un abandono masivo es el miedo al régimen chavista, a su capacidad represiva, y el desconocer cómo serán recibidos en Colombia. “Si supieran que nos tratan bien, se vendrían todos”, señala. Justifican la mala imagen de su institución, acusada de todo tipo de tropelías y de corrupción, así como su firme adhesión al chavismo, por su condición de cuerpo adherido a las Fuerzas Armadas. “La Guardia Nacional somos personas del pueblo, lo que pasa es que el alto mando está con el Gobierno y nos tienen manipulados, y tenemos un código militar que acatar. Nos imparten órdenes y tenemos que cumplirlas”, explica Torres. “Unos de los servicios de la Guardia Nacional es orden interno, manifestaciones, marchas, seguridad. Entonces, llega momentos de reprimir al pueblo porque son órdenes”.

Insisten en que decidieron cruzar la frontera “por nuestras familias, por nuestro pueblo”, que nadie les pagó, como escriben en las redes sociales los chavistas. “Nosotros anhelamos regresar a Venezuela, vamos a regresar. Vamos a recuperar nuestra familia, nuestra libertad, nuestros derechos”. Y si hay que pelear para lograrlo, están dispuestos. “Sin sangre no hay gloria”, sentencia Lizcano.

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