Mariano Rivera consagra su legado con elección unánime al Salón de la Fama de la MLB

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Mariano Rivera consagra su legado con elección unánime al Salón de la Fama de la MLB
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El relevista Mariano Rivera vio como su facilidad de lanzar la recta cortada más letal que se ha dado en las Grandes Ligas, algo que el mismo consideró como “un regalo de Dios”, le permitió consagrar un legado único en el deporte del béisbol con una elección unánime al Salón de la Fama.

Ese lanzamiento, casi “mágico”, desde el montículo hizo posible que Rivera superase a los mejores bateadores de las Grandes Ligas, le diese títulos de la Serie Mundial a los Yanquis de Nueva York y acabase como el líder de todos los tiempos de rescates.

Pero le faltaban todavía la mayor culminación y gloria que pueden tener los peloteros, y no es otra que llegar al Salón de la Fama, algo que también logró y como antes nadie lo había hecho con ponche monumental de elección unánime.

Rivera, quien será exaltado al pabellón de Cooperstown el próximo 21 de julio junto con Roy Halladay, el boricua Edgar Martínez y su excompañero de equipo, el también lanzador derecho Mike Mussina, se convirtió en el primer jugador en aparecer en todas las boletas emitidas por los votantes activos de la Asociación de Cronistas de Béisbol de Norteamérica (BBWAA, por sus siglas en inglés).

Considerado el mejor relevista de todos los tiempos por muchos, Rivera pasó toda su carrera con los Yanquis de 1995 hasta el 2013, cuando se retiró, con una marca de 652 salvamentos –récord de Grandes Ligas– a la vez que terminó 952 juegos.

Su promedio de carreras limpias de 2.21 y WHIP de 1.000 son las mejores marcas de la era moderna entre lanzadores que califican.

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Rivera, quien participó en 13 Juegos de Estrellas, siempre brilló en los momentos más decisivos. Se retiró con 42 rescates y efectividad de 0.70 en la postemporada y ganó cinco anillos de Serie Mundial.

“No hay nadie”, dijo el expiloto de los Yanquis, Joe Torre, “que vaya a hacer lo que él hizo desde el bullpen”.

Rivera, hijo de un pescador, se crió en el pueblo de Puerto Caimito. Firmó con los Yanquis como agente libre ‘amateur’ por 3.000 dólares en 1990 e hizo su debut profesional ese año como lanzador abridor.

Llegó a Grandes Ligas en 1995 y fue ahí que encontró su destino en el bullpen, pero siempre con una humildad y profesionalidad envidiable y excepcional.

“No importa lo alto que llegó, siempre mantuvo los pies en la tierra y supo manejarse con profesionalismo y clase”, elogió el gerente general de los Yanquis, Brian Cashman. “Mo siempre fue un ejemplo, alguien a quien podías señalar y decir, ‘Así es como debería ser un Yankee’”.

Como preparador de mesa del cerrador John Wetteland, Rivera tuvo una dominante temporada en 1996 que marcó el inicio de una dinastía, ya que los Yanquis ganaron cuatro de las siguientes cinco Series Mundiales.

Rivera se hizo cargo de la novena entrada en 1997, el mismo año en que le tiró su recta cortada por primera vez a su compañero de equipo y compatriota, el también relevista Ramiro Mendoza, con quien soltaba el brazo en ese momento.

Convocado al bullpen, el entrenador de pitcheo Mel Stottlemyre, recientemente fallecido, observó el descubrimiento de Rivera.

Al principio, le hizo ajustes al agarre y al ángulo del brazo de Rivera en un esfuerzo por restaurar el movimiento plano de la bola. Después de algunas semanas, los Yanquis se percataron de lo especial que era la nueva arma de Rivera, contra bateadores zurdos y derechos.

El imperturbable Rivera lució su movimiento fluido y repetible para conseguir los últimos “outs” de las Series Mundiales de 1998, 1999, el 2000 y el 2009.

Es el único lanzador que ha estado en el montículo para el último out de más de dos títulos de la Serie Mundial. Aun tras inusuales derrotas, Rivera se destacaba con su clase y profesionalidad.

Luego de permitirle el hit ganador al cubano Luis González en el Clásico de Otoño del 2001, que ganaron los Diamondbacks de Arizona, Rivera, con calma, permaneció sentado junto a su casillero, respondiendo toda pregunta que se le hizo esa noche.

Para una generación de seguidores de los Bombarderos del Bronx, la llegada de Rivera significaba dominio y, casi siempre, una victoria de los Yanquis.

Adorado por su consistencia, Rivera salvó al menos 25 juegos en 15 temporadas consecutivas y terminó con efectividad por debajo de 2.00 en 11 ocasiones.

A sus 42 años de edad, Rivera había decidido en privado que el 2012 sería su última temporada como profesional. Sus planes cambiaron en mayo, cuando sufrió un desgarre en la rodilla derecha mientras atrapaba elevados durante los entrenamientos de bateo en Kansas City.

Rivera juró que no se despediría de esa manera y su regreso a la acción en el 2013 fue motivo de gran celebración en toda la liga.

Cada gira de los Yanquis generaba derroches de aprecio y respeto hacia su figura profesional y humana, quien en cada estadio se dio tiempo para darles las gracias a los aficionados y empleados.

Rivera pasó tiempo con los encargados del terreno, soldados y estudiantes mientras aceptaba obsequios y donativos para su fundación caritativa, otro obra excepcional en el ámbito personal, que agrandó aun más su figura ahora ya convertida en leyenda.

EFE

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