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El miedo de los adolescentes a quedarse sin comida

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Un estudio de febrero de 2017 revela la relación entre la inseguridad alimentaria y los síntomas del estrés postraumático

Los jóvenes de sectores populares de Caracas experimentan ansiedad y angustia al ver la nevera vacía

Lorena Meléndez G.

@loremelendez

Hubo un hecho durante la segunda semana de septiembre de 2017 que a *Mario le preocupó más que cualquier otro. Un evento que le hizo sentir miedo una vez más. La harina de maíz que el martes había comprado por 13 mil bolívares, costaba dos mil bolívares más tres días después. Si seguía aumentando así, ¿cuánto podría comprar la semana siguiente?, se preguntaba mientras estaba sentado en un banco en el bulevar de Catia, al oeste de Caracas. La inquietud de Mario es lo común en cualquier adulto que vive en Venezuela. Pero él no es mayor de edad. Está en noveno grado de Educación Básica, tiene 16 años y es el mayor de una familia de seis hermanos que, junto a su madre, trata de alimentar mientras trabaja a destajo en un taller mecánico.

El temor de Mario no es solo suyo. Su hermana *Mariana, una adolescente de 13 años de edad, admitió que quedarse sin comida en casa le angustia porque ya les ha pasado, a pesar de que a veces se saltan los desayunos para “estirar” el mercado o piden dinero prestado para poder completar el día. “Lo que pasa es que nosotros tenemos hermanos pequeños y nos preocupa que pasen hambre”, dijo la muchacha que cursa séptimo grado y vive, junto a Mario y su familia, en el sector El Plan del 23 de Enero.

Las palabras de Mario y Mariana coinciden con los hallazgos del estudio “Así siento el hambre”, de febrero de 2017, que revela la relación entre la inseguridad alimentaria, la salud mental y los síntomas de estrés postraumático. La base fue una población de más de 300 jóvenes provenientes de sectores populares de la capital. De estos, 76,5% confesó que había experimentado el miedo a quedarse sin alimento en su hogar.

“Cuando buscamos medir la salud mental se desprendieron dos grandes indicadores que son rasgos de ansiedad y rasgos depresivos”, afirmó Antonio Martins, profesor universitario y psicólogo clínico, quien coordinó la investigación aplicada por estudiantes de Psicología de la Universidad Católica Andrés Bello.

“La ansiedad es el factor que más se encuentra predicho por la inseguridad alimentaria, de manera que a mayor inseguridad en el acceso a los alimentos, mayor son las puntuaciones en escala de ansiedad. Resultados similares se hallaron para la depresión”, se lee en un artículo escrito por Martins a propósito del estudio.

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Los adolescentes se preocupan por la alimentación de los más pequeños.

Foto: Roberto Patiño, “Alimenta la solidaridad”

Esa ansiedad se expresa en el nerviosismo y el agobio que sienten los chicos cuando ven que en su casa no se consigue el alimento necesario y suficiente para todos. De hecho, 45,48% de los encuestados, casi la mitad, admitió que la falta de comida ha hecho que sus raciones disminuyan cada vez que se sientan a la mesa.

Eso es justo lo que pasa con *Yajaira, de 14 años, y sus hermanos de 9 y 6 años de edad. Ellos, que residen en el barrio San Antonio de La Vega, al oeste de Caracas, y almuerzan de lunes a viernes en el comedor del programa “Alimenta la solidaridad”, suelen saltarse desayunos o cenas. “Si como dos veces es mucho, porque no se consigue nada”, comentó la muchacha poco después de recordar el fin de semana en el que la nevera de su hogar se quedó completamente vacía.

“Eso pasó una sola vez, no teníamos nada en la casa, no teníamos nada que comer y nosotros con hambre. Y llegó un tío de nosotros y nos dio para comer arroz con pollo”, rememoró.

A *Carolina, quien tiene 19 años y vive en el sector Gramoven de Catia, nunca le ha pasado esto. Sin embargo, sí relató que algunas noches ella y su padre “andan con la cabeza loca” buscando qué hacer para la cena.

“Mi papá –técnico en electrodomésticos–  hace mucho esfuerzo, pero al final sí comemos bien. Lo que pasa es que la situación ha hecho que él tenga menos trabajos. A veces no le sale nada o llega tarde y nosotros no tenemos nada para cocinar”, agregó la joven que quedó temporalmente discapacitada tras haber sido arrollada por una moto.

Aunado a la ansiedad está uno de los síntomas depresivos que más se manifestó en los jóvenes encuestados. Se trata del sentimiento de indefensión que viven los chicos al pensar que no pueden hacer nada que esté a su alcance para solucionar los problemas que atraviesa la familia. Esta misma sensación les impide actuar.

“Esto nos debería alarmar a quienes trabajamos en salud mental porque, es cierto, que este tipo de situaciones uno las puede ver en países en guerra, pero allí se desarrolla también en la gente una capacidad de resiliencia, de sobreponerse a las dificultades que ha vivido y salir de ellas airosas. El hecho de que en esta muestra hayamos encontrado este dato es un mal pronóstico”, recalcó Martins.

“Así siento el hambre” también exploró cómo la falta de comida en los hogares ha desarrollado síntomas de estrés postraumático en los adolescentes. Martins aclaró que un trauma psicológico se presenta cuando las personas se ven expuestas a eventos particularmente negativos que le dejan secuelas, tales como secuestros, violencia familiar o intracomunitaria y maltrato infantil. En este caso, es el hambre el que ha detonado estos indicios.

A raíz de la inseguridad alimentaria, comentó el psicólogo, los jóvenes han cambiado su percepción de sí mismos y de los demás. Por esa razón, desarrollan relaciones que están marcadas por la desconfianza, la suspicacia y la agresividad.

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En La Vega hay tres comedores de “Alimenta la solidaridad”.

Foto: Lorena Meléndez G.

Una de las cocineras del comedor de La Vega reveló que los niños beneficiados vigilan los productos que van a comer durante la semana desde que estos arriban al barrio.  Una vez escuchó a uno decir que quería saber cuál sería su número de cédula para saber qué día le tocaría comprar en el supermercado. “Ellos están pendientes de todo, saben cuándo llega la comida y también cuándo no llega el CLAP (Comités Locales de Alimentación y Producción) y dicen hasta groserías cuando se atrasa”, apuntó.

Poco después, una joven de 16 años de edad confirmó le angustiaba cuando las entregas de alimentos del gobierno no llegaban a tiempo. “A veces esperamos la comida de la caja y no llega, entonces mi tía sale y consigue cualquier cosa y comemos (…) La situación es difícil porque es la comida lo que falta”, sentenció quien vive junto a ocho personas que dependen de estas ayudas.

El adiós a las carnes

La última vez que *Julia comió pollo fue en la cena de diciembre que celebró con sus familiares en su casa, ubicada en la avenida Olivet, del sector Boquerón de Propatria. La adolescente, de 12 años, señaló que hace rato se despidió de las carnes rojas y blancas, aunque reveló que a veces su madre, único sostén familiar para ella y sus tres hermanos, compra sardinas de vez en cuando. De resto, sus comidas varían poco: de desayuno, una arepa con queso; de almuerzo, pasta con caraotas o arroz con tajadas; de cena, lo que haya quedado de la comida anterior. Su testimonio fue muy parecido al de los otros consultados.

Esta monotonía al comer también se vio reflejada en la investigación, en la cual 97% de los jóvenes dijo tener una dieta en la que escaseaban las proteínas de origen animal. Los tubérculos, verduras y frutas ricas en Vitamina A quedaron fuera de la lista. Además, 30% comentó que tenía dificultades para adquirir proteínas animales. El dinero no alcanzaba en el hogar para costearlas.

De estas deficiencias habló la cocinera, quien relató que en su casa hacían rendir el arroz al hacer también plátano y yuca. “Lo que comemos más son los granos, porque rinden más. Pero, por ejemplo, esas cosas como pollo o carne la vemos en el Facebook”, alertó.

“Mientras menos diversa tienda a ser la dieta de los jóvenes encuestados, mayores serán las puntuaciones en ansiedad en depresión y bienestar psicológico (…) Es así como los resultados hallados, comprueban que existe una influencia significativa de las variables nutricionales sobre alteraciones psicológicas”, concluyó la investigación. Lo más grave, añadió el psicólogo, es que estas heridas van a quedar marcadas en estos muchachos durante años.

*Todos los nombres de los jóvenes consultados fueron cambiados para proteger sus identidades.

 

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