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El “Plan Conejo”, la antesala comunista del Holodomor venezolano

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I

Fue justamente en PanAm Post donde leí, por primera vez, sobre Holodomor (literalmente, “muerte por hambre”), el genocidio cometido por Stalin en Ucrania, en 1932. La cifra de muertos por inanición se desconoce a cabalidad (el mundo no era aún la aldea global, y Stalin ha sido uno de los mandatarios más secretistas de la Historia), pero se estima entre 1,5 y 10 millones de personas, aunque la mayoría de los consensos históricos, casi un siglo después, apuntan a que la cifra tendía a ser la menor de las dos.

Aunque me jactaba de conocer bastante bien la historia del comunismo (y la historia universal del siglo XX, en general), lo desconocía todo sobre un hecho tan importante; el artículo que firma Antonella Marty, sin embargo, me exculpa, cuando dice:

“Nadie recuerda –y mucho menos juzga– este fragmento de la historia comunista. Sucede todo lo contrario: nos encontramos con abundantes individuos que celebran el comunismo sin conocer la perversidad de la ideología y las muertes que lleva consigo”.

Quizás estas fueron las primeras muertes por hambre por causa del experimento comunista, aunque no serían, ni mucho, las únicas. Hay quienes atribuyen el Holodomor, más que a la maldad del “Padrecito” (maldad que a lo largo de los años posteriores a su muerte quedaría más que demostrada, pues a él se le pueden atribuir directamente 23 millones de fallecimientos), a la impericia y a la política de requisas a los campesinos con pequeñas propiedades.

El dictador que más gente ha asesinado, por acción u omisión, fue Mao Tse Tung, especialmente durante la época del “Gran Salto Adelante”. Más de un millón de personas murieron cuando se abandonaron todas las tareas cotidianas en búsqueda de una industrialización que, por supuesto, estaba condenada a fracasar.

Lo que no consiguió el “Gran Timonel”, siguiendo Das Kapital, lo lograron los comunistas a partir de Deng Xiao Ping, por la vía contraria, la del capitalismo más “salvaje”, tan salvaje, que en él los trabajadores no tienen derechos.

Una nota al margen tendría que llevar Pol Pot, el violentísimo dictador comunista de Camboya, quien en unos pocos años, y en su intento de crear un comunismo agrario, mataría de hambre, privaciones o a bala, en los célebres “campos de la muerte”, a casi dos millones de personas, más de una cuarta parte de la población de su país.

El gobierno de los Jémeres Rojos cayó al ser Camboya invadida por otra nación comunista, Vietnam. Su historia es tan (in)digna de los extremos a los que llegó el mundo en el siglo XX como la de las dos guerras mundiales o el genocidio de Ruanda a mediados de la década de los 90.

II

Cuando en Venezuela comenzó la “revolución bolivariana”, el país, con el petróleo a diez dólares, no pasaba hambre. Se abastecía por completo de carne, pollo y cerdo; era excedentario en arroz y lo exportaba; y cubría, dependiendo de la demanda y con importaciones puntuales, sus necesidades de azúcar y maíz. Tenía la quinta flota atunera del mundo, que iba a pescar a lugares tan remotos de la costa del Caribe como el océano Pacífico; y en general, su consumo alimentario era autoabastecido en 70 %.

Hay que aclarar que Venezuela no era una potencia agraria, sino lo contrario; y que ese nivel de producción primaria se había dado en medio de (y a pesar de) un sistema económico intervencionista, totalmente alejado de los métodos capitalistas competitivos, con graves trabas a la propiedad de la tierra.

Posteriormente, Hugo Chávez, como no podía ser menos, llevó estas políticas a niveles insoportables, empezando en 2001 con la Ley de Tierras, y continuando a partir de 2007, con un sistema tan absurdo que llegó a darles extensas tierras al Sur del Lago de Maracaibo (las más fértiles del país) a los rusos, para que ellos, que en la vida han visto un plátano, los sembraran; y que cambió la vocación agrícola de los Valles de Aragua, donde se producía la caña de azúcar que abastecía a la industria licorera para producir el preciado ron venezolano, para sembrar en invernaderos.

Además, concentró las importaciones de alimentos, estableció controles a la movilización, y cuando había cometido todos esos crímenes, además, intervino Agroisleña, la gran ayuda de los empresarios del campo en Venezuela, sustituyéndola por Agropatria, una compañía estatal que apenas seis meses después necesitaba subsidios estatales y no entregaba a los campesinos ni semillas, ni agroquímicos, ni maquinarias.

En cuanto a los ganaderos, fueron, desde el principio, los enemigos de Chávez. Importó, ayudado por el petróleo a 100, carne del mundo entero, más barata que la venezolana. El rebaño nacional ha caído a la mitad. La flota atunera, harta de hostigamientos, hoy está mayormente en Ecuador y Panamá; los productores de cerdos y pollos sucumbieron ante la importación subsidiada por el Estado venezolano, principalmente desde Brasil.

La meta para 2013 era controlar al menos un tercio de la producción agraria y agroindustrial. La meta para 2019 era controlar más de la mitad, según está expresado en el esperpento llamado “Plan de la Patria”. Con cada medida anunciada por el Gobierno, los periodistas, especialmente los de Economía, nos llevábamos las manos a la cabeza. Cuantas veces se comentó en mi amada sala de reuniones de El Universal, planificando el periódico del día siguiente, “estos tipos nos están llevando a una hiperinflación y una hambruna”, no sabría precisarlo: pero era prácticamente a diario entre 2008 y 2012.

Estaban envalentonados: como tantos antes que él, Chávez pensó que el rentismo petrolero daría para alimentar a toda una sociedad. Cuando ningún precio del petróleo fue suficiente, recurrió al endeudamiento; ni siquiera se leyó la Biblia, sobre los años de vacas gordas y vacas flacas.

Si lo hubieran hecho a propósito (y no hay porque dudar de que en efecto pueden haberlo hecho a propósito) no les hubiera resultado mejor en términos de destrucción. Lamento tanto no haber llevado un seguimiento de las medidas que nos trajeron hasta aquí. Daría para más de un magnífico libro.

III

Nicolás Maduro está matando de hambre a su pueblo: al menos 12 % de los niños están desnutridos. Eso queda fuera de toda duda, y ya ni siquiera lo esconde la propaganda oficial, que, incapaz de negarlo, ahora se lo achaca a Donald Trump. Destruido el rebaño nacional, parada la producción de pollos porque no hay maíz, y la de maíz porque no hay agroquímicos, se saca de la chistera el “Plan Conejo”.

Son tan macabros que ni siquiera Freddy Bernal, ni el gabinete, podían dejar de reírse cuando lo mencionaban en televisión. Un conejo no es una mascota, decía el exalcalde de Caracas, y actualmente jefe de los Comités Locales de Abastecimiento y Producción (y de profesión policía: Siendo hombres tan universales, no se extraña que vayan de fracaso en fracaso), “son dos kilos y medio de carne”.

El plan es en apariencia simple: dale un conejo a cada familia, velo crecer (¿con qué alimento? ¿con qué vacunas? Eso no lo explica Bernal), y mátalo justo antes de encariñarte con él. Antes lo habían propuesto con cerdos, y antes de los cerdos, con gallinas. El Gobierno creó un “Ministerio de Agricultura Urbana”, pensando que se podía alimentar a una sociedad con materos. Cita, por supuesto, experiencias europeas, desatendiendo que en esas sociedades, el tipo de agricultura y periurbana es no un tema de necesidad, sino de esparcimiento.

No hay manera de alimentar una sociedad sino es industrialmente, y -me perdonan el barbarismo-, capitalistamente.  Pero Maduro, Bernal, y todos los que lo acompañan, son herederos de Stalin, son herederos de Mao, son herederos de Pol Pot: lo dicen cotidianamente.

Nosotros, el pueblo venezolano, somos sus conejillos de Indias. Los niños que mueren luego de que sus cuerpos no soportan más agua de arroz, en los hospitales; los viejos que padecen pelagra, o los indigentes que comen perros, no somos más que lo que los economistas llaman “externalidades”, consecuencias inesperadas de la creación del Hombre Nuevo, de la Gran Utopía que, para más, se propusieron construir a contravía de la Historia, cuando la humanidad entera la había desechado por inviable.

Y no pueden alimentar al país, ni con el petróleo a 40 dólares, que sería un gran precio para Venezuela en 1998, cuando nadie pasaba hambre. Por una razón muy sencilla: Esa industria, que hace 18 años producía cuatro millones de barriles de petróleo, hoy produce menos de dos millones.

Si las redes sociales descubren que los indigentes comen perros, es mejor que el Gobierno no se entere, porque a lo mejor, donde algunos todavía vemos a nuestros mejores amigos, Freddy Bernal ve 40 kilos de carne. O que empecemos a comernos a la abuela, aunque esté un poco dura; total, ya se va a morir. O que descubramos la inesperada reserva de la carne de rata, abundante en estos tiempos en los que el Gobierno ni siquiera se encarga de recoger la basura.

Este es nuestro Holodomor. Se llama comunismo, y siempre termina igual.

Venezuela no será la excepción, y el final está próximo.

panampost.com

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