Y el tuerto se hizo rey

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Y el tuerto se hizo rey de alfredo cedeño

Y el tuerto se hizo rey de Alfredo Cedeño

Venezuela se caracteriza por hacer de los obstáculos palancas. En mi país el color no es un oprobio o un insulto, puede ser expresión de enorme afecto. La negra Lucy Gómez, por ejemplo, sabe del profundo cariño que le profesamos quienes apelamos a su arrosquetada piel para llamarla; ni hablar del negro Olivares, quien fuera un amigo a prueba de todo, él siempre devolvía una sonrisa infinita cuando así lo llamábamos y reclamaba cuando no usábamos su color para saludarlo. Y no fueron ellos los pioneros en tales menesteres, ¿quién no recuerda en las clases de historia las menciones a Pedro Camejo, Negro Primero, y sus arrestos viriles que le llevaron a la muerte en la batalla de nuestra independencia?

Los defectos físicos han seguido el mismo rumbo. Ellos también son de vieja data, quienes hemos revisado la historia republicana algunos nos maravillamos ante José Manuel Hernández, irredento perpetuo que se alzó contra todos los presidentes o tartufos de turno hasta su muerte en el exilio. Él había perdido dos dedos a machetazos en un combate en Paracotos y desde entonces nadie más lo llamó por su nombre, sino el Mocho Hernández. Al muy serio, más enjuto, y hombre de pocas cherchas Eleazar López Contreras lo llamaban el Ronquito, y aseguran quienes lo conocieron en la intimidad que tal apelativo le arrancaba un esbozo de sonrisa. A fines del siglo XX uno que me viene a la memoria es José “el Cojo” Lira, cofundador de La Causa R.

Por eso en nuestra tierra la maracucha, el gordo, la enana, el catire, el chigüire, la gocha, el flaco, tucusito, el loco, y así hasta donde la memoria no tiene regreso, son apelativos que nunca se han tomado como ofensa, más bien en muchas ocasiones su uso dejaba colar una cierta admiración. Es el caso del señor Alejandro Andrade, en estos días muy en boca del país entero y de medio mundo más allá de las fronteras. A él por un accidente del cual se especula mucho, y del cual pocas certezas hay, de cierto tiempo a esta parte lo rebautizaron como “el Tuerto”.

La generosidad de este militar retirado, ex tesorero nacional, y muchos otros cargos desempeñados, fue amplia y se le atribuye una riqueza generosa y poco disimulada. Regalos, donaciones, patrocinios y finezas de todo tipo le hicieron una suerte de Santa Claus tropical y simpaticón. Y con él se cumplió aquello de: “En el país de los ciegos el tuerto es rey”. Nadie sabe si por ceguera física, mental o fingida, lo rodearon y aclamaron hasta investirlo, al punto de que muy pocas voces del submundo político han dicho siquiera esta boca es mía. Y ni hablar de su compadre Gorrín, ahí el silencio se pone más espeso que sancocho de ñame y pata de ganado.

© Alfredo Cedeño

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